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Hasta luego

Los que anteriormente seguíais este bloj os habréis dado cuenta del parón sufrido sin aparentes motivos desde “En el bosque (IV)” allá por el día 1 de este mes de abril.

En primer lugar, disculpas a todos los que alguna vez después de aquella fecha os pasásteis “por si las moscas” por aquí en busca de algún texto nuevo. Debería haber avisado antes, lo sé, pero no ha sido hasta hace bien poco cuando he creído realmente que una entrada como esta era necesaria.

Las razones son escasas pero poderosas. Mambuwu nació como personajillo durante una tarde de aburrimiento y dentro del juego roleé poco con él, pero sus cortas andanzas por Durotar, Los Baldíos y Vallefresno, que fuí relatando por aquí, hicieron que sin querer le cogiera mucho cariño a ese trol inocente y que siempre echaba de menos a su madre. Gracias a sus historias he llegado a conocer -no tanto como me habría gustado- a mucha gente de esta gran comunidad que es PlanetaWoW y sus correspondientes blojs, y actualmente tengo incluso a un chamán atascadete a nivel cuarenta y poco en Wipe Express (que ya lo iré subiendo, tranquilos). No obstante, con el paso de los meses he ido descubriendo otras prioridades que necesitan de mi atención.  La hermandad de rol de la que orgullosamente soy creador y lider (desde hace ya más de medio año, que se dice pronto) lleva ya mucho exigiéndome más tiempo del que podía proporcionarle, y esa es una situación que quiero remediar. Hay muchas cosas que quiero hacer en Shen’dralar, servidor al que considero sin duda mi hogar en el juego, junto con unos compañeros excelentes.

En resumidas cuentas: esto no es desde luego un adiós, si no un hasta luego. Memorias de Zandalar volverá, no sé si pronto o tarde, pero volverá. Hasta entonces Ute, Krug, Vurag y Mambuwu se quedarán parados en el tiempo sin un desenlace.

Ha sido un verdadero placer escribir para vosotros. Si alguna vez os pica el gusanillo del rol, el Oráculo de Tirisfal tiene siempre las puertas abiertas en la Horda de Shen’dralar. Mis personajes principales son Arwë y Platea.

¡Cuidao con el vudú! :)

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En el bosque (IV)

Para cuando pudo darse cuenta, Mambuwu estaba siendo aupado en uno de los anchos hombros de Ute y veía el mundo temblar de arriba a abajo, mientras los cadáveres de la batalla se alejaban cada vez más. Intentó mirar hacia atrás para ver lo que sucedía, lo que en una situación normal sería hacia adelante, pero se halló casi paralizado por el miedo cuando observó surgir de detrás de algunos árboles a varias elfas de la noche montadas en grandes sables blancos y con cara de pocos amigos. Una vez contempló cómo estas apuntaron con arcos al grupo prefirió cerrar los ojos y encogerse con la vana esperanza de salir ileso. Por fortuna, la parte del bosque en la que habían ido adentrándose era densa y debías andarte con cuidado si no querías estrellarte contra un tronco. Ello propició que la salva de flechas pasara muy por encima del pelotón huidizo y que las Centinelas tuvieran que maniobrar con extrema precaución para intentar darles caza.

A pocos metros más adelante -o detrás, si nos metemos en el pellejo de Mambuwu-, el General Vurag y el fiel Krug intentaban mantener una velocidad insana aún con todo el cansancio producido por los acontecimientos anteriores. En Durotar no te enseñaban a huir de los elfos, ni a correr por el bosque como un animal arriesgándote a que te cosan la espalda a flechazos. Allí perseguías jabalíes para darte un atracón con ellos horas más tarde, y te hacías taparrabos con las plumas de las arpías, y eso como mucho. Cosas sencillas, al fin y al cabo. Esta era una tierra maldita llena de bestias sombrías y estúpidas, pero sobretodo peligrosas.

En el transcurso de lo que pareció una eternidad, el grupo llegó a la ribera de un río de poca profundidad y con abundantes rocosidades. Parecían haber escapado con éxito de las elfas, o al menos haberlas despistado durante un buen rato. Se detuvieron detrás de un montículo para recuperar el aliento, y Ute devolvió a Mambuwu al suelo.

-Por las trenzas del Jefe de Guerra, estoy… -Krug tomó aire un par de veces- estoy… estoy molido.

El General también lo estaba, pero prefirió aparentar una fortaleza inquebrantable. Se dió la vuelta y, por unos segundos, su cara se transformó en concordancia a su verdadero estado: daba auténtica pena. Tras permitirse el momento de desahogo, volvió a encararse con el pelotón.

-Creo que hemos estado corriendo hacia el este -dijo-. Si no me equivoco, deberíamos estar acercándonos a territorio amigo.

Nadie respondió. Todos estaban demasiado ocupados intentando conservar los pulmones y la vida. Mambuwu se encontraba seriamente aturdido, por si lo de aquel chamán loco no hubiera sido suficiente a estas alturas. Hutu había desaparecido, y Kalahari… bueno, mejor no recordarlo. Pero Ute había sido cuidadoso y también había recogido su arco, su medio de vida. El enorme tauren era el único que parecía mantener la cordura y la buena salud, y era un compañero formidable. Sin duda en su tierra era un héroe. Ute era el tipo de soldado que todo general deseaba tener en su ejército. Además, en rara ocasión hablaba.

Pasados unos escasos minutos, el pelotón escuchó el ya familiar sonido de la vegetación sospechosamente sonora. De pronto dos elfas aparecieron a algunos metros de allí, descendiendo hacia el río. Todos contuvieron la respiración. Llevaban unas extrañas armas de hojas brillantes y, probablemente, muy afiladas. Parecían estar buscándoles, pues oteaban el bosque de la otra orilla. Empezaron a separarse. Una de ellas estaba acercándose peligrosamente -y sin saberlo- al grupo oculto. El desenlace lógico de la situación no se hizo esperar: el olor del sudor forastero fue a parar al superdotado olfato de la Centinela, que giró la cabeza y descubrió a los fugitivos apelotonados al amparo del montículo a pocos pasos de su posición.

Todo sucedió, como ya es costumbre, a una velocidad vertiginosa.

La elfa gritó algo en su idioma. Ute, el perfecto soldado, no se lo pensó dos veces. Se levantó de sopetón y, cogiendo un pequeño trabuco cargado que siempre llevaba en el cinto, disparó hacia la Centinela casi a bocajarro. Cayó fulminada al suelo de inmediato.

-¡Corred, hijos míos, corred! -gritó el General a la vez que se levantaba- ¡Malditos seáis si hoy se nos muere alguien más!

La reacción del resto del grupo fue instantánea. Todos empezaron a correr hacia el río sin hacer preguntas. Una salva de flechas cayó al momento en el lugar donde el pelotón había estado descansando pocos segundos antes, y la compañera de la fusilada se dirigió hacia ellos a una velocidad sobrenatural presa de una especie de enajenación mental.

El pelotón pareció ver algo en la profundidad del bosque situado en la otra orilla. La claridad…

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Conversaciones con el chamán

Mambuwu abrió los ojos. Estaba en un bosque. Era familiar, pero no era el mismo en el que había estado hace cinco, quince minutos, o una hora, quizá varias… La periferia de su visión estaba algo oscurecida; se sentía extraño, demasiado ligero. No podía estar muerto, pero lo cierto es que en Zandalar nunca le hablaron del tema. ¿Cómo te sientes al estar muerto? “Pues muerto, supongo”, pensó. Estaba mareado, como fuera de sí. Y había algo, algo más abajo, pero no podía moverse con facilidad. Con gran esfuerzo bajó su cabeza, poco a poco, y de repente vió…

-¡¡AAAAHHH!!

-¡¡AAAAAAAAHH!!

… a un orco joven, sentado ante una hoguera, vestido con extrañas ropas, y el pelo negro y trenzado que le bajaba por los hombros hasta el pecho. Ambos se habían asustado y ambos se habían sobresaltado tanto que acabaron en el suelo. Cuando recuperaron la compostura, Mambuwu intentó mirarse a sí mismo y se halló sin manos, ni brazos, ni piernas ni tronco, pero sorprendentemente parecía estar flotando en el aire. Y la única conclusión que pudo sacar fue que aquel individuo practicaba el vudú y le había encogido vilmente la cabeza para practicar oscuros rituales de magia negra con ella. ¡Un brujo!

Intentó moverse, pero unas paredes invisibles se lo impidieron.

-¡¿Quién ere’, ma’dito?! ¡¡Q’as hecho con mi cue’po!!

El orco suspiró y se frotó los ojos como si de repente aquella fuera una situación completamente normal.

-Yo soy Ishnok. Un chamán. Y tú eres un espíritu perdido que ha llegado hasta mí.

-¿Cómo que he llega’o ha’ta ti? ¡Mentira! ¡Falacia’! ¡M’has rapta’o y m’as encogí’o la cabeza!

Mambuwu intentó escupir, pero sólo se escuchó un sonido gutural y burbujeante.

-¡DEVUÉ’VEME MI CUE’PO!

-Escucha, trol, cálmate y…

-¡SI TE ACE’CAS OTRA VEZ TE MATO A MO’DISCOS!

-Vale, vale, pero…

-¡¡QUE ME DES MI CUE’PO!!

-Por todos los elementos, cállate. Estás molestando al bosque. Si me dejas te explicaré lo…

-¿Que me calle? ¡¿Que mole’to al bo’que?! ¡E’to e’ mole’tar al bo’que! ¡YAAAAAAAAAAAAGH! ¡YAAAAAAAAAAAAGH! ¡WAAA WAAAAAA!

El chamán susurró unas palabras y la boca de Mambuwu se contrajo, produciendo un cómico sonido, hasta alcanzar un tamaño casi microscópico.

-¡Hmmmpf! -continuó el trol-.

-Escucha, nosotros podemos ver espíritus ancestrales, espíritus de personas cuyo cuerpo ya no está vivo o que se encuentran a muchos kilómetros. A veces están atormentados y hemos de ayudarles, o simplemente vienen a vernos para darnos su sabiduría. ¿Entiendes lo que te digo?

La cabeza de Mambuwu, que en efecto se hallaba suspendida en el aire rodeada de una bruma blanquecina, asintió.

-Está claro que tú no has venido a transmitirme tu sabiduría.

La cabeza negó girándose de un lado a otro.

-Entonces estás atormentado.

La cabeza asintió de nuevo.

-Ahora voy a hacer que puedas volver a hablar con normalidad, pero si se te cruzan los cables otra vez te enviaré lejos a que le des la brasa a otro, ¿de acuerdo?

El orco Ishnok chasqueó los dedos y la boca de Mambuwu volvió a su estado original.

-No e’toy muerto.

-No lo estás si no quieres estarlo -le respondió el chamán a la vez que cogía una botella y la apuraba-.

-Pero necesito ayuda, tío. Yo y mis amigo’ e’tamos perdíos en el bo’que, y Kai e’tá mue’to, y yo he mata’o a un hombre con mi’ propia’ manos, y no sé dónde e’tan Hutu y Kalahari…

De repente, Mambuwu empezó a escuchar las voces del General y de Krug, que le llamaban desde una onírica lejanía. Y su cabeza, su única presencia ante el orco, comenzó a desvanecerse.

-¡No! ¡No! ¡Un mome’to!

-Volveremos a vernos, Mambuwu Han’so. Ten cuidado con las tortugas.

-¿Qué?

-¡Mambuwu, maldita sea, despierta! ¡DESPIERTA!

Un alucinante túnel de viento y colores de tonos verdes condujo al trol hasta su cuerpo. Volvió a abrir los ojos y vió a los dos orcos y a Ute, que le miraban con preocupación.

-Levanta, amigo. Todavía no estamos a salvo.

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En el bosque (III)

El recluta Mambuwu Han’so nunca había practicado las artes marciales ni tenía maña en la lucha sin armas, y tampoco estaba versado en las sucias y tramposas peleas de taberna. Queda pues en la más absoluta incógnita la motivación que este trol tuvo en aquel momento para tirar el arco al suelo, justo después de disparar, y lanzarse con las piernas hacia adelante contra el primer humano que vió en pos de partirle la nariz o cualquier otra parte de su cuerpo.

-¡Yaaaaagh!

El resto del grupo tardó algunas valiosas milésimas de segundo en reaccionar, las suficientes como para tener al enemigo cara a cara. Ute, que era el tauren gigantesco, derribó de un sonoro puñetazo a otro de los soldados, el cual había gritado algo en idioma común. Tras esto, tiró también su arco al suelo enraizado y empuñó su hacha. Con suma brutalidad la dirigió hacia el pecho del caído y en una explosión de chispas, metal, carne y sangre le atravesó la coraza y le dió muerte.

De la masa combatiente surgieron gritos y frases de todos los idiomas y colores, de forma más o menos desafinada, mientras las armas comenzaron a entrechocar en una frenética danza por la supervivencia.

Los humanos habían empezado con mal pie. Dos de sus camaradas yacían ya en la tierra liquidados por los flechazos -o quizá simplemente se hacían los muertos-, y otros dos se acababan de llevar la leche de sus vidas. Esto les dejaba con cinco soldados hechos y derechos que estaban ya intercambiando espadazos con el General, Kai y el bruto de Krug. A juzgar por sus vestimentas azuladas, dedujeron que se trataban de soldados regulares de la Alianza -con menos armadura de lo habitual, probablemente para la travesía en el bosque-.

A la par que el veterano escudo de Vurag bloqueaba dos ataques, un relámpago amarillo se abalanzó sobre otro de los desgraciados piel rosa y del choque brotó con viveza una ingente cantidad de sangre que salpicó en todas direcciones. El tigre Hutu había fulminado al humano de un certero zarpazo en el cuello y casi al instante había desaparecido entre la vegetación.

Los gritos se intensificaron por ambas partes mientras Mambuwu forcejeaba en el suelo, algo apartado de la pelea, con el soldado al que había derribado. Este comenzó a golpear la cabeza del trol en un desafortunado descuido y logró atontarle durante apenas unos segundos, tiempo que aprovechó para propinarle una última patada que le lanzó hacia atrás. El humano saltó encima del recluta dispuesto a estrangularle, ya que su espada había ido a parar a varios metros de allí. Mambuwu apenas tuvo tiempo de defenderse. De pronto notó como su cuello era apresado por dos manos que hervían de furia y desesperación e intentó en vano quitárselas de encima. Mientras empezaba a sentir la falta de aire, un efluvio de pura ira se apoderó de su cuerpo y le obligó a resistirse con más fuerza aún. Pero las manos eran demasiado poderosas y el mundo cada vez se hacía más…

y

más

borroso…

Con un rugido atronador Ute propinó una patada al humano, que salió prácticamente volando por los aires y aterrizó al borde de la inconsciencia a pocos pasos del cuerpo de Mambuwu. El tauren se giró con agilidad y logró desviar con su hacha el espadazo traicionero de otro soldado.

Mambuwu sintió que revivía con rapidez. Su cuerpo ardía como nunca y le permitió levantarse con relativa presteza. Miró a su derecha y contempló, casi con resignación, como su enemigo también intentaba incorporarse. Se palpó las dos vainas de su cintura, ahora vacías. ¿Dónde estaban sus dagas? Derribó al humano de una patada torpe y se abalanzó sobre él para terminar de una vez por todas. Ya casi no era dueño de sus actos. Dejó que toda su rabia se canalizara a través de sus brazos y manos y ejerció presión sobre el cuello de su víctima. El ruido de la batalla estaba disminuyendo, ¿estarían todos sus compañeros muertos a estas alturas, y él a punto de ser atravesado por las armas de los humanos supervivientes? No le importaba. Nunca había matado así a nadie, tan cerca y tan desesperadamente, pero estaba dispuesto aunque fuera lo último que hiciera antes de fallecer. Su enemigo le miró con un odio casi sobrenatural mientras su vida se apagaba poco a poco. Mambuwu deseó con todas sus fuerzas volver a Zandalar, a su casa. Resopló varias veces hasta que el soldado, finalmente, dejó de resistirse. Juraría haber sentido como la mismísima muerte pasaba entre sus manos y se llevaba el alma del humano.

La escamaruza enmudeció por completo a los pocos segundos.

El trol se levantó de espaldas a la refriega, dispuesto a morir ante los victoriosos soldados de la Alianza. Se dió media vuelta con lentitud y vió a Vurag y a Krug arrodillados, completamente exhaustos, ante los cadáveres de los humanos; al gigantesco Ute, sentado con un gran tajo sangrante en la espalda. Vió como a lo lejos un superviviente huía a toda prisa perdiéndose en la severa profundidad del bosque. Sólo reparó en el cuerpo sin vida de Kai, atravesado por una espada a pocos metros de allí, justo antes de perder el conocimiento.

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Mambuwu, Follower de los Lanzanegra

No tengo mucho tiempo, asín que resumiré e’te pós miscelánico en vario’ puntos:

-¡Mambuwu ya tiene tuíter’! No sé muy bien pa’ qué, pero ahí e’tá ha’ta que mes’ocurra algo. Podei’ encontrarme como @Mambuwu. ¡Taz’dingo!

-El fin e’tá cerca. Ya queda meno’, muy muy poco, pa’ tené algo má de tiempo libre y podé empezar a actualizar con regularidá Memorias de Zandalar. ¡Geniá! ¡Bravo!

-El spam me e’tá matando, he tenío que activá la moderación de comentarios, ¡pero a qué precio! Ha’ta que encuentre alguna solución pa’ cortar por lo sano, di’culpad si alguno de vue’tros mensajes no aparecen en el bloj.

Socorro

-¡Bienvenío a Shen’dralar, colega Rokee!

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En el bosque (II)

-Llevamo’ ya to’a la noche caminando, señó… Mire, ya e’ de día incluso.

-Por última vez, Kai, o te callas o te callo yo.

-¿E’ que no va a admití que no’ hemos perdío, señó?

-No.

-¿Y no sería mejó da’ la vuelta o probá con un rumbo di’tinto, señó?

-No.

-Pero mire, ¡si el bo’que cada vé e’ má y má denso, señó!

-Que te calles.

-E’tamos cansaos y apenas nos que’a comía, señó.

(Silencio)

-Señó, pero…

-¡QUE CIERRES LA BOCA, MALDITO LORO AZUL! ¡¡TE VOY A ACABAR PARTIENDO LA CARA!!

Una gran bandada de pájaros, asustados por el grito del orco, abandonó su lugar en las ramas y desapareció en un revuelo de graznidos y aleteos. Sólo entonces el grupo se percató de lo que había hecho. Miraron con suma inquietud y sin pronunciar sonido alguno las copas de los gigantescos árboles que les rodeaban mientras levantaban sus armas de forma involuntaria.

En algun lugar cercano, una oruga agonizante y mutilada caía -finalmente- presa de la muerte.

-Dejad de hacer ruido, por favor -dijo el otro orco, de pelo blanquecino-. Nos van a escuchar, si no lo han hecho ya.

-Es culpa de ese Kai, jefe. Me pone malo del hígado.

-Cállate ya, Krug. Joder. Vamos a seguir, y en estricto silencio.

El piel verde, armado con un hacha desgastada y un escudo ensangrentado y viejo, guió al resto de la tropa a través del infinito bosque, sorteando gruesos troncos y raíces traicioneras. No tardaron en toparse con el cadáver de un trol que yacía boca arriba, justo al lado de un árbol. Se acercaron con sigilo y lo rodearon hasta poder contemplar con claridad la flecha que prácticamente estaba dentro del pecho por completo. De la herida manaba una sangre fresca que alertó -aún más- al grupo.

No era un pelotón valiente ni honorable. Sus miembros eran, a estas alturas de esta triste historia: dos trols, un tauren y dos oficiales orcos. Los tres primeros tiradores, los otros guerreros. Ninguno de ellos era veterano de ninguna gran batalla ni tenía demasiada experiencia en la lucha, a excepción del General Vurag. También les acompañaba un tigre llamado Hutu, que al parecer pertenecía a uno de los trols.

Krug les hizo una señal a los otros para que vigilaran mientras él se acercaba al cuerpo sin vida. Con su mano libre cogió un colgante que este llevaba al cuello y se lo arrancó para verlo de cerca. Era un águila pobremente tallada en piedra. Demonios. El General Vurag se acercó al reparar en la cara de circunstancia de su Legionario.

-Este desgraciado no era de nuestro batallón -le informó Krug-. Si mis cálculos son correctos y este trol estaba menos perdido que nosotros, nos hemos desviado demasiados kilómetros al noroeste.

-Eso no está bien.

-No, señor.

Kai retrocedió varios pasos mientras miraba a las profundidades del bosque que se encontraba enfrente suya.

-Señó…

-Qué cojones quieres ahora, Kai -preguntó el Legionario-.

-Ahí hay algo. Por allí. E’toy seguro…

El trol no parecía equivocarse. Una figura se desplazó entre las sombras a varios metros del lugar, casi a ras del suelo, y desapareció. El General suspiró con cierta desesperación: aquella era una guerra ridícula, contra un enemigo que podía cortarte la cabeza o agujerearte el pecho a flechazos en apenas unos segundos si bajabas la guardia. Y ahora estaban perdidos en mitad de Grom sabe dónde, separados del resto del ejército desde hacía un par de días y caminando a ciegas por aquel infinito bosque infernal.

Lejos de resignarse volvió a tomar aire y ordenó en susurros al resto del pelotón que se cubrieran detrás de los árboles. El General Vurag no quería morir en aquella tierra.

La zona volvió a sumirse en el silencio, mientras los tiradores apuntaban sus arcos y flechas hacia la oscuridad. Poco a poco, varias sombras se fueron materializando conforme salían del amparo de los grandes arbustos que poblaban el suelo.

El trol conocido como Mambuwu Han’so se mordió con ansia el labio inferior y disparó.

La flecha impactó en una de las sombras, y esta al caer hacia adelante reveló la naturaleza del ser.

Las flechas de los otros tiradores salieron violentamente de sus arcos cuando el sorprendido grupo de humanos comenzó a correr, espadas en mano, contra el pelotón.

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Un gran agradecimiento

Primero al colega Macnabú, claro claro. El tío ha recomendao e’te sitio en su pós’cat número cinco de Cántico’ de Leyenda, y a un trol tan sensible como yo e’tas cosa’ no se le hacen porque se le e’capan una’ lagrimilla’ por la ilusión, saben u’tedes.

P’os si hay alguien que lee e’to y aún no e’ consciente de lo que se pierde (porque uno sabe valorá lo bueno, ya me e’tiendes) que venga y pinche en cualquiera de lo’ enlace’ de abajo pa’ bajárselo u oí’lo de donde le venga en gana:

-De’de Ai’tuns

-De’de Ai’vox

-De’de Blí teúve pa’ formato .m4a

¡Gracia’, tron! Y pásate ya de una vé por  Shen’dralar, hombre.

Segundo, agradecero’ muy mucho a todo’ lo’ que leé’i y comentái’ en Memoria’ de Zandalar. Aunque no lo creái’ me animái’ un huevo de zancú’o, en serio. Me alegro de que tó e’to os vaya gu’tando, porque empecé con poquilla’ expectativa’ y e’tas han í’o en aumento. Pronto podré e’cribí con mayó frecuencia, así que paciencia y eso.

¡Un salú’o, colegas!

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En el bosque (I)

Situémonos.

Es una mañana gris en los extensos y húmedos bosques de Vallefresno. Hace frío. En algún lugar, cerca del sur, una figura humanoide camina con sumo cuidado a través de la neblina, solitaria. La arboleda parece infinita y cambiante, y el suelo se asemeja a una telaraña de finas raíces que se retuercen con la paciencia propia de la vida milenaria. Una alfombra de hojas, musgo y ramitas cubre toda la tierra e imposibilita la visión más allá de los tobillos del caminante que nos ocupa.

El ser se desliza sigilosamente con la mirada perdida en las alturas, donde el techo natural formado por las copas de docenas de árboles apenas deja entrar la luz y oculta a los habitantes salvajes del lugar: hay alas emplumadas; pelajes frondosos y oscuros; ojos gigantescos, vigilantes; picos de acero; sombras reptantes y… ¿nada más?

Nuestro amigo se gira de forma repentina hacia el lado contrario, espantando a la niebla y dejando ver con nitidez -sólo durante escasos segundos- su piel azulada, sus colmillos y su arco, que apunta tensado hacia el cielo. Parece haber visto algo ahí arriba. El trol busca cobertura en el tronco de su derecha, sin dar la espalda, e intenta fijar en el centro de su mirada a su objetivo. Tira aún más de la cuerda y esta gime por el exceso. Está esperando. Puede ser su último movimiento. Se calma. Aguanta la respiración. Un ángulo perfecto. Se sorprende a sí mismo tragando saliva, y vuelve a coger aire. ¿La punta del proyectil está mirando al mismo lugar de antes? Sí, seguro. Un tiro perfecto, fugaz, y saldría corriendo hacia el oeste. Estrecha la mirada, sólo tiene ojos para su presa. Va a soltar la cuerda…

Hay momentos en la vida en los que la diferencia entre salir victorioso o acabar abonando el suelo que hay bajos tus pies con tu cuerpo inerte la marcan los pequeños detalles. En este caso una humilde y verde oruga, con lunares violetas, cuyo paseo matutino había sido interrumpido segundos atrás -¡y de qué manera!-. Se hallaba ahora recobrando la compostura después del terremoto. ¿Qué había sido eso? Algo, algo falla aquí. Contempló posteriormente, con manifiesta resignación, la aplastada masa de lo que antes había sido la mitad trasera de su cuerpecillo. Un deseo de venganza, procedente de los más recónditos escondites de su instinto pacífico, comenzó a brotar por todos los orificios respiratorios de su, ahora parcial, existencia terrenal. Se armó de coraje y fuerza y dirigió sus antenas hacia el pie azul que estaba cerca de ella. No sin esfuerzo se arrastró con sus patitas hasta el gigante que había sido el causante de su desgracia, y en un acto desesperado y heróico se abalanzó contra su piel, clavándole las diminutas uñas que poseía en sus dos extremidades.

Dos metros más arriba, el trol, justo cuando procedía a despegar sus dedos de la cuerda, sintió un leve aunque desconcertante cosquilleo en su pie izquierdo y el ángulo del arco se torció. La flecha salió disparada, atravesando con velocidad pasmosa la distancia que la separaba de su objetivo; rozó a la sombra y acabó clavada en la corteza de un nogal. La sombra se giró -o al menos pareció hacerlo-, y de ella brotó otro fugaz proyectil que impactó de lleno en el pecho del arquero y le causó la muerte en el acto.

Todo esto, por sorprendente que pareciera, había ocurrido en apenas unos pocos segundos.

Algo lejos de allí, el sonido de varias voces forasteras que se acercaban violó la serenidad del bosque y alarmó a la sombra, que desapareció en la frondosidad de las alturas…

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Carta #3

“Hola mamá.

Igual has estado algo preocupada por dejar de recibir mis cartas desde hace más de una semana. No pasa nada, es sólo que la vida en Kalimdor es mucho más agitada que en casa y hay mucho que hacer. Además me han dicho que en ocasiones el correo se extravía debido a los ataques de una señora llamada Alianza, de modo que ni siquiera sé si te habrán llegado las demás o si te llegará esta. No importa.

¡Kalahari llegó anoche a Trinquete en un barco de piratas! No sé cómo te las arreglaste para enviarle, teniendo en cuenta el miedo atroz que nos tienen esos locos a los de la isla, pero lo que importa es que mi raptor ya está aquí. Debiste de sufrir mucho cuidándole sin mí, ¿se llegó a zampar a las pocas gallinas que quedaban vivas en casa? Gracias por hacérmelo llegar, ha sido toda una sorpresa.

No tengo mucho tiempo porque el sargento pasará revista pronto y si me encuentra escribiendo me confiscará los pergaminos y la tinta, así que te resumo lo acontecido.

Esta mañana fui al norte de los Baldíos a toda prisa montado en Kalahari, para la misteriosa acampada a la que me citó el oficial hace unos días. Llevé cecina y algo de pollo porque a fin de cuentas aquí el que come más es Hutu y yo no sufro mucho por el hambre, pero al llegar al lugar -una impresionante empalizada con catapultas y llena de gente que hacía mucho ruido- una orco con cara de estreñida me quitó toda la comida que llevaba y la echó a un barril abierto que estaba montado en un carro muy grande. Después me obligaron a bajar de Kalahari y se lo llevaron con cuidado a unos establos que tenían perfectamente montados en la parte oeste del campamento. Digo con cuidado porque el trol que se lo quería llevar se quedó sin un dedo y tuvieron que venir varios guerreros fornidos para ponerle un bozal -a mi raptor, no al trol- para que dejara de portarse como un Maldito Monstruo y un Hijo De Mil Padres Ay Quitádmelo De Encima Joder Por El Amor De Grom. Fue un poco raro y sangriento.

El caso es que, más tarde, el mismo oficial que habló conmigo en El Cruce dió un carismático discurso a las docenas de personas que nos encontrábamos allí acerca de la defensa de nuestros hogares y el honor de combatir a nuestros enemigos en la Garganta Grito de Guerra. Dijo que en cuanto nos dieran la señal tendríamos que cruzar la cueva del norte para unirnos a los demás en el próximo ataque.

No sé muy bien dónde me he metido, pero cada vez parece ponerse peor. Hay muchas caras de preocupación entre los recién llegados como yo y eso no me gusta.

¡Ah! Cuando el capitán terminó el discurso nos pusieron en una fila y tuvimos que desfilar delante de un goblin que tenía un extraño aparato apoyado con palos de madera y que hacía ruidos muy raros cada vez que uno de nosotros se ponía enfrente. Cuando acabamos me acerqué a hablar con él y me dió esto, ¡soy yo!

Tengo que dejarte, ya empiezo a escuchar los gritos del sargento.

Te escribiré de nuevo pronto. ¿Cómo están las cosas por Zandalar?

Yo estoy bien.

Hutu también.

Kalahari sigue con el bozal.

Tu hijo que te quiere,
Mambuwu.

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Una pequeña disculpa

Mambuwu ha e’tao y e’tá algo lia’íllo durante e’tos días por razone’ que no vienen al caso. Sepan di’culparme, pero no preocupa’se que ya mi’mo e’taré de vuelta.

¡Taz’dingo! ¡’Ta pronto!

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